No es un filtro. El aura no se apoya arriba de la foto:
ocupa el lugar del fondo.
Por eso fotografiamos siempre contra un fondo negro liso, y por eso hay
una luz detrás de cada persona que le dibuja el borde. Es la misma
diferencia que hay entre un retrato de estudio y una selfie: lo que se
ve no es un efecto agregado al final, es cómo está armada la toma desde
el principio.
El color no sale de un menú. Se revela en el momento, delante del
invitado, y no lo elige nadie —ni él, ni quien lo interpreta, ni
nosotros. Esa es la parte que hace que se junte gente alrededor de la
mesa a esperar el resultado ajeno.